«Cierto que no tuvimos nada,
que muchas veces nos faltaba todo.
Pero aunque algunos días no comimos,
tuvimos una radio para oír a Beethoven,
y un día de reyes de mil novecientos cuarenta y cuatro
mamá y los tíos fueron al Rastro:
nos compraron tres libros:
La cuesta encantada, Nómadas del Norte
y El último mohicano.
Dios sabe cuántas veces habré leído esos libros.
Mamá nos trajo El último mohicano
y de la mano de ese indio solitario
entramos en el mundo de lo maravilloso
y lo tuvimos todo para siempre.
 
Y ya nadie podrá quitárnoslo.»
Fragmento del poema «El último mohicano» de Francisca Aguirre.
 
Es el final de un poema que escuché una mañana de domingo en un recital de Francisca Aguirre y Guadalupe Grande en Tres en suma. En la sala ese día nos trasladamos a muchos lugares, y con esos versos en particular a la fascinación de la infancia por las aventuras, los personajes, por el libro en sí y todo lo que encierra; también rememoramos el encantamiento infantil de recibir un regalo y lo que se abría con él a nuestro paso.
 
El arte de escucharnos
Uno de los pilares de la meditación es sentir. Tomar la determinación de dedicarnos un espacio para conectar con nuestro cuerpo y nuestra mente; escucharnos. Lo oímos sin parar «escucharnos», como una fórmula mágica, inmediata de autoconocimiento. Suena fácil; es fácil…¿O no tanto? Escucharnos es encontrarnos de verdad con lo que hay: excitación por un juego nuevo, miedo, incomodidad… Lo que se presente. Escucharnos nos coloca ante el reto de ser coherentes con nuestro descubrimiento y avanzar acordes al presente y a la verdad.
 

Meditar nos desvela que la primera señal de lo que está pasando en nuestro interior viene del cuerpo, y sus señales son incuestionables. Son el ahora. En la infancia, durante el juego, hay una conexión incondicional con el momento presente.

Jugar es crear
El juego ocurre y nuestro cuerpo está en él. En ese momento somos creadores y creadoras sin posibilidad alguna de soborno.
 
Nietzsche lo define con una cita:

«La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño.»

(Más allá del bien y del mal,1886)

Y también nos lo recuerda Picasso :

«Me tomó cuatro años pintar como Rafael, pero me llevó toda una vida aprender a dibujar como un niño”.

Conectar con la concentración del juego, olvidar los miedos a hacerlo bien o mal, ignorar las convenciones, equivocarnos. Dejar que suceda. Hacer nuestra la emoción que esté ocurriendo y dar su lugar a lo imprevisto. Jugar es crear.
 
Un regalo
Me encanta lo que trae a mi cuerpo el poema de Paca Aguirre. Se me ha quedado grabada la emoción de reconocer casi físicamente las sensaciones del poema.  Recibir el regalo y encontrar a saber qué personaje. El indio solitario, de la mano de la poeta, se ha quedado conmigo y me recuerda quiénes somos cuando contamos historias o las escuchamos, cuando creamos o recibimos lo que otros crean, el milagro que nos hace tenerlo todo para siempre.